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26 de marzo de 2016

ROWLAND BARBER



No me jodas, Rowland, o sea que eras un buen escritor y te ningunearon como si fueras el chico de los recados. Eso fue lo primero que le dije, casi con las mismas palabras, nada más sentarnos en un bar de la segunda avenida. El bar era “The Penrose” y había mucho ambiente. Ocupamos una mesa que hay junto a una de las ventanas que dan a la calle. A Rowland le gustó mucho porque veía pasar la gente y eso era lo que más le entretenía en su situación de muerto. Así me lo dijo. La verdad es que al principio me pareció un tipo extraño, aunque por su aspecto podría pasar completamente desapercibido. Se había puesto un traje gris, camisa gris clara, corbata azul y unos mocasines blancos, un conjunto que lo asemejaba con el americano medio de los años cincuenta. Sin embargo, había algo en él que me inquietaba y tal vez fuese su extrema timidez, como si aún, después de muerto, le tuviera miedo a la vida. Tal vez el pobre Rowland estaba más inquieto que de costumbre por la sencilla razón de que desde su muerte era la primera vez que visitaba Nueva York.
--¿Qué tal si nos pedimos un par de güisquis? –le pregunté para romper el hielo.
--Antes de combatir en esa batalla prefiero una jarra de cerveza y una hamburguesa gigante.
--Entonces, permite que yo también me una al banquete previo.
--¿Sabes lo que más me gusta de estar muerto?
--Que no tienes que pagar impuestos, supongo.
--Pues que mi pelo ha vuelto a ser negro, como cuando era joven.
--Yo diría que tu juventud me resulta insultante. ¿No te hace ilusión?
Desde aquel momento nuestro encuentro adquirió tintes muy distintos, incluso a Rowland se le puso una cara más amplia y clara y se le abrió una sonrisa de lo más agradable y como de buenos amigos. Joder, qué diferencia. Parecía otra persona, mucho más jovial y tal que si tuviera toda la vida por delante.
No quise empezar con las preguntas serias y me dije que lo mejor sera que ﷽﷽﷽﷽ ue lo mejor sertalla de oscuraee la pel, mientras me excitaba viendo un estriptis a gracias a la literatura y ía esperar a que las hamburguesa entraran en sus cuartos menguantes. La verdad es que estaban cojonudas y la cerveza resbalaba con generosidad por nuestros gaznates. Rowland tenía tanta sed que llamó a la camarera para pedirle otro par de jarras. Me pareció que debía esperar incluso a que los hocicos estuvieran limpios de kétchup y mostaza para entrar definitivamente en materia. Pero la cosa no terminó con las hamburguesas, sino que seguimos con un par de raciones de tarta de manzana y sendos cafés recién importados de los mismísimos cafetales brasileiros, muy cerca de Sao Paulo. Pues bien, después de que cada uno encendiera su habano, me dije que era el momento perfecto para abordarlo con otra clase de preguntas.
--Te decía que has sido un buen escritor, pero que te han ninguneado continuamente y…
--Perdona, pero ahora sí que me gustaría tomar un buen güisqui. ¿Qué te parece si pedimos un Knockando de 20 años? ¿Supongo que habrás traído dinero suficiente para pagarme cualquier capricho? Ese fue el trato.
Volví a llamar a la camarera para que atendiera por partida doble la petición de Rowland, que se quedó mirándole el culo como si nunca hubiera visto un culo oculto bajo una falda.  No me fue difícil llegar a la conclusión que los deseos no desaparecen con la muerte. Hasta es probable que aumenten de manera considerable, dado el apetito tan generalizado que Rowland me demostró en cualquier dirección que mirara. Lo mejor de todo fue que no tuve necesidad de repetirle la jodida pregunta.
--Pues claro que todos me ningunearon, desde los editores de libros, los directores de cine, los guionistas, los críticos literarios y hasta los historiadores de la literatura americana. No es que yo quiera pasar a la historia al lado de los grandes escritores, no soy tan pretencioso ni tan iluso, pero me molesta enormemente que mi nombre no se mencione ni cuando la obra es mía. A cada uno se le debería dar lo que le corresponde. Por ejemplo, yo no figuro como autor en la cubierta de la edición española de “Harpo, habla”. Creo que viene una tal Elvira Lindo como autora del prólogo, pero te aseguro que el libro lo escribí yo solito, sin esa Elvira Lindo al lado ni nadie que se le parezca. Por cierto, ¿quién es esa tía?
--Te aseguro que no tengo idea de quién pueda ser…
--Harpo Marx sólo me contó su vida delante de un magnetofón y yo tuve que ordenar todo ese material, más el que por mi cuenta recabé de otras fuentes. No es justo por tanto que mi nombre aparezca en la página cinco y figure como colaborador. Yo no quiero otra cosa que mi nombre venga escrito donde le corresponde. Ya sé que no fui un escritor de los grandes, pero tampoco me merezco un desprecio de ese calibre.
--Dicen que el pionero de ese género llamado “novela de no ficción” fue Truman Capote con su novela “A sangre fría”, pero me parece que se olvidaron de “Marcado por el odio”, escrita por ti algo así como doce años antes. ¿Qué tienes que decir al respecto?
--A estas alturas me importa un carajo lo que todo el mundo crea o piense. Esa novela empecé a escribirla a comienzos de los años cincuenta, si mal no recuerdo, y Robert Wise la llevó al cine en 1956. La película tuvo mucha publicidad porque la iba a protagonizar James Dean, pero antes de empezar el rodaje se mató en aquel terrible accidente y fue sustituido por Paul Newman. A rey muerto, rey puesto. Y la verdad es que esa clase de publicidad de tinte tan siniestro y totalmente gratuita me vino muy bien porque la película tuvo mucho éxito y de rebote yo vendí bastantes libros por todo el mundo. Eso sí, en la cubierta no sólo venía mi nombre sino también n﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽cky Graziano mundo. Eso se tan siniestro me vino muy bien porque la peluestollevscribe su muerte. el de Rocky Graziano. Todo fue por la publicidad que el nombre del boxeador llevaba consigo, pero es que mi nombre aparece debajo del suyo, como si yo fuera el pinche de la obra. Por eso mucha gente creyó que fue Rocky quien escribió la novela y Rocky era un chico listo y un buen tío, pero completamente analfabeto, maldita sea, cómo iba a escribir algo semejante.
--Desde luego, a mi me ha parecido una gran novela. De las mejores en su género. La he leído con el placer que me ha faltado en la lectura de otras muchas. ¿Lo debiste pasar muy bien escribiéndola?
--Es que Rocky, a pesar de lo mal que lo pasó en la vida, sobre todo en los primeros veinticinco años, era un tipo muy abierto y tremendamente gracioso. No le quedó demasiado resentimiento y parecía una persona equilibrada, dentro de la locura habitual de los boxeadores, claro está, pero sin cuentas pendientes que ajustar con el mundo. Él decía que había repartido tanta leña, tan fuerte y con tanto odio, que ya no le quedaba nada dentro y que estaba en paz con todas las personas que lo habían dañado y con la vida en general. Le aseguro que fue un libro que escribí con mucha facilidad y que me hizo sentir que por fin había conseguido ser escritor.
--O sea que la novela sobre la vida de Harpo Marx fue coser y cantar.
--No tanto como coser y cantar, pero he de reconocer que cuando lo escribí, empleando la misma técnica narrativa que el anterior, me divertí tanto o más que con el de Rocky. Harpo era un tío genial, como todos sus hermanos, y, a cada instante, sin que nadie lo esperara, se le ocurrían un sinfín de trastadas geniales y el muy cabrón me hizo reír como nunca me había reído antes.
--Cuando lo leí me interesó mucho la relación que tuvo Harpo con los componentes de la Mesa Redonda del Algonquín.
--A mí también me sorprendió esa relación desde el principio, ya que esa mesa estaba compuesta por gente catalogada como del tipo intelectual. Había dramaturgos como Charly MacArthur, novelistas como F. P. Adams, Dorothy Parker y Edna Ferber, guionistas como Donald Ogden Stewart, críticos de teatro como Alexander Wollcott, directores de teatro como Kaufman, una pintora como Noysa McMain, también estaba Harold Ross, que fue el creador de la revista New Yorker, en fin, había toda esta clase de personajes cuya compañía resulta muy difícil de conseguir por lo cerrados que suelen ser estos círculos. Sin embargo, Harpo fue acogido por todos ellos gracias a lo ingenioso de sus actuaciones en Broadway. Concretamente fue el mordaz Aleck Wollcott quien se quedó prendado de él y, después de dedicarle una buena crítica en el New York Times, lo visitó en el camerino y se lo llevó a una partida de póker en el Hotel Algonquín. No volvió a salir de allí, metafóricamente hablando, claro. Harpo decía que su misión en la Mesa Redonda era escenificar el silencio, ya que él era el único capaz de permanecer callado. Debía resultar difícil hacerse escuchar entre tantas voces tratando de abrirse paso al mismo tiempo.
--También escribiste otra novela titulada “The night they raided Minsky´s”, que luego fue llevada al cine por William Friedkin. No es una película memorable, en mi opinión, pero al menos sale tu nombre como autor del libro en los títulos de crédito.
--Las adaptaciones cinematográficas despojan de todo protagonismo al autor literario. Parece mentira que el cine se sostenga gracias a la literatura y, por supuesto, a la fotografía, y todo lo que consigue el escritor, lo mismo que el fotógrafo, es desaparecer de escena en favor de los actores y del director de la película.
--El director es la estrella…
--Y yo estoy de acuerdo con esa afirmación, sin duda alguna, pero sin escritores ni fotógrafos no habría cine, maldita sea, y deberíamos recuperar el sitio que nos corresponde.
--Oye Rowland, ¿es verdad que el personaje que interpreta Britt Ekland, es decir, el de Rachel Schpitendavel, existió de verdad?
--Existió un personaje parecido que yo conocí cuando era joven, pero sólo me sirvió como argamasa para construir el personaje de ficción. Una noche, en un cabaret, mientras me excitaba viendo un estriptis, se me ocurrió pensar acerca de quién sería la primera mujer que se desnudara como espectáculo y se me ocurrió inventar la historia de Rachel Schpintendavel. No es porque yo la haya escrito, claro, pero a mí la novela de siempre me ha parecido mucho mejor que la película, dónde va a parar, vamos, como de aquí a Florida. Entre otras cosas, la Raquel que yo imaginé no se parece en nada a Britt Ekland, pero absolutamente en nada. Tampoco los demás personajes tienen algo que ver con los de la película. Un bodrio de cinta. Lo que yo te diga.
         Así que nos tomamos otro par de güisquis y nos fuimos dando un paseo hasta la Quinta Avenida. Entramos en Tiffany , pero sólo en plan mirones y te aseguro que no compramos ni un anillo de hojalata; sin embargo, aquella visita sirvió para que Rowland se acordara de Truman Capote y echaras pestes sobre su tumba.
--Ese tipo, además de un mariconazo y un chupapollas, es el impostor que me quitó la gloria de haber inventado la “novela de no ficción”. ¿Cómo es posible que nadie tuviera en cuenta “Marcado por el odio”?
--Magnífica novela, Rowland, de las mejores novelas americanas que he leído. A la altura de las de Marc Twain y muy superior a cualquiera de las de Hemingway. Sobre todo a las de Hemingway.
--¿Lo dices en serio?
--Completamente en serio.
--Dios te bendiga.


                 








        
           





9 de marzo de 2016

EN NUEVA ORLEANS CON WILLIAM FAULKNER



Es el primer muerto que se me aparece vestido de granjero. Se presentó en el hotel donde me hospedaba en Nueva Orleans, el Hotel Roosevelt, y me dijo que él habría preferido que la entrevista se efectuase en Oxford, Mississippi, que es la ciudad donde él residió de vivo y donde ahora reside de muerto.
El caso es que cuando le dije que si él se consideraba un miembro de la "Generación Perdida", de haber tenido un rifle me habría disparado como a cualquier oso pardo de los que salen en sus magníficos relatos. Desde mi punto de vista, William Faulkner, miembro o no de esa maldita generación, es uno de los grandes escritores de la literatura mundial. 
--No se enfade señor Faulkner, pero en todos los libros de literatura usted aparece como perteneciente a la "Generación Perdida", junto a Hemingway, Steimbeck, Dos Passos y Fitzgerald. 
--Que yo sepa aquí no se ha perdido nada ni nadie y menos una generación. ¿Pero cómo es posible tanta imbecilidad? De cualquier manera yo no pertenezco a ningún círculo, grupo, mesa redonda o generación que algún descerebrado quiera formar y de paso sienta la tentación de incluirme. Tengo mis influencias, como todos los escritores, pero de eso a pertenecer a un rebaño de la clase que sea no va conmigo ni con mi carácter. ¿Qué tengo yo que ver por ejemplo con ese fanfarrón de Hemingway? Nada de nada. ¿Y con Scott Fitzgerald? Tan sólo que su mujer era sureña, de Alabama, según creo, pero esa circunstancia no me une a él ni a ninguno como él. Con eso no quiero decir que Fitzgerald sea un mal escritor, nada de eso. A mí me parece magnífico, mucho mejor que el otro, que Hemingway, pero su mundo nada tiene que ver con el mío. Los personajes de Fitzgerald son gente refinada, muy del norte, millonarios y habitantes de ciudades con teatros, restaurantes, hoteles y bebedores de cócteles a media tarde. Los míos son granjeros en su mayoría. Por eso mismo vengo a verle vestido de lo que soy: un granjero en toda la extensión de la palabra, incluso es probable que huela a vaca o a estiércol o algo parecido.
--No sé si lo sabe, pero cuando al recoger el Premio Nobel, dijo usted que sólo era un granjero, Truman Capote irónicamente comentó que estaba totalmente de acuerdo con usted.
--Ese mariconazo estridente siempre fue más peligroso como amigo que como enemigo. Y si estuviera aquí delante le diría que soy granjero y a mucha honra. A él más le hubiera valido escribir algo decente después de “A sangre fría”, una novela extraordinaria, casi perfecta, todo hay que decirlo.
--A usted se le acusa de que sus novelas huelan demasiado a granja, es decir, a estiércol de vaca o de mulo, a granero y a heno, a ladrones de caballos y a vendedores de máquinas de coser. ¿No le parece?
--Claro que mis novelas y la mayoría de mis relatos huelen a sudor de caballo y a todo lo que usted dice. Precisamente ese es mi universo particular. Yo escribo acerca del alma de mi tierra, el estado de Mississippi, concretado en el condado de ficción que he llamado Condado de Yoknapatawpha, donde viven los personajes propios de mi tierra, con sus virtudes y sus vicios, con sus heroísmos y sus cobardías. En fin, joder, pues lo que se llama una ficción basada en la realidad que uno ha conocido. ¿De qué quiere usted que hubiera escrito?
--Usted fue piloto en la Gran Guerra. ¿podía haber escrito sobre la guerra o el mundo de la aviación?
--Joder, también escribí alguna cosa sobre aviones. ¿Acaso no ha leído, por ejemplo, un relato titulado “El tío Willy” y aquel otro que titulé “El tirón de la muerte”, sin hablar ya de un par de novelas como “La escapada” y “Pilón”. En ambas aparecen aviones, maldita sea. ¿Pero qué clase de lector mío es usted?
--Bueno, señor Faulkner, por unas cuantas avionetas desperdigadas por cuatro obras, ¿no se creerá usted un especialista en el tema, tal como lo fue Antoine de Saint-Exupery?
--A mí ese francés de siempre me ha caído un poco cargante con toda esa vaina de “El Principito”. Si quiere que le sea sincero, en mi vida he leído una historia tan cursi como esa, me cago en la puta más antigua de la gloriosa tierra de Mississippi. ¿Cómo es posible que ese cagajón de caballo sea uno de los libros más vendidos de la historia de la literatura? En cambio, todo hay que decirlo, sus novelas de aviones no están nada mal. Se lo digo yo. Es curioso que nadie quiera leerlas. Pero lo de “El Principito” es sin duda de juzgado de guardia.
--De los escritores que le he nombrado de la inexistente “Generación Perdida”, ¿cuál es que más le gusta?
--Menos Hemingway me gustan los otros tres, sobre todo Fitzgerald, es el más literario de todos. Ese chico tiene un don natural para escribir sin esfuerzo. De todas sus novelas la que más me interesó cuando la leí, y así se lo dije a él, fue “Hermosos y malditos”, que es precisamente la que menos le gusta a los críticos. Sin embargo, desde mi punto de vista, es la más sincera y vitalista de todas.
--¿Llegó a conocer a Fitzgerald?
--Lo conocí en Hollywood. Los dos éramos guionistas y teníamos nuestros despachos casi contiguos. Sin embargo, él no tuvo ningún éxito en ese oficio. Me parece que no consiguió meter su nombre en ninguna producción. No es que mi éxito fuera exagerado, pero al menos se rodaron algunas películas con mi apellido en la lista de créditos. Recuerdo que adapté para el cine una novela de Hemingway: “Tener y no tener”. Fue maravilloso entrar a saco en esa porquería de texto. No sé si la habrá leido usted, pero en ese texto. No sway: "n algunas pela mi vida. ¿De qurradienyes de los hisamente mi universoece que ído usted, pero le juro que esa novela no tiene ni pies ni cabeza. Es lo más absurdo que se haya escrito jamás. Desde luego el guión que me salió nada tiene que ver con la historia original. Creo que llegué a efectuar un buen trabajo, lo mismo que el director de la película, Howard Hawks, que me felicitó por haber conseguido poner orden y coherencia en un argumento que no había por donde cogerlo. Por cierto, Hemingway se agarró un rebote de padre y muy señor mío. El muy cabrón me escribió prometiendo que me propinaría, si tenía cojones de subirme a un ring con él, una paliza en plan Rocky Marciano. Menos mal que no se me ocurrió aceptar la pelea. Ese animal, dada la diferencia de peso y altura, me habría matado a golpes sin ni siquiera despeinarse.
--Para su consuelo, señor Faulkner, le contaré que ya hubo un escritor que aceptó cruzar los guantes con l ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽s guantes con itor que aceptporque me recuerda a Sherwood Anderson, uno de los mejores escritores de la literatura ameél, pero en esa ocasión fue Hemingway quien recibió la paliza.
--¿Quién es ese héroe, si puede saberse?
--Morley Callaghan, un tipo que fue compañero de Hemingway en el “Toronto Star”. Tendrá escritas algo así como una decena de novelas y también algunos cuentos.
--Pues a ese tío habría que levantarle un monumento. Darse el placer de noquear a Hemingway debe ser el acto más placentero que se haya inventado sobre la faz de la tierra. Mucho mejor que el sexo. Y, dígame, hablando de sexo, ¿por qué me ha citado en Nueva Orleans? Otro cualquiera habría quedado conmigo en uno de los miles de bares de Oxford City.
--Le he citado en Nueva Orleans porque aquí fue usted periodista y también escribió su primera novela. ¿No es así?
--Veo que está usted correctamente informado. Pues sí, en esta ciudad lo he pasado muy bien y tengo un gran recuerdo de ella; entre otras cosas porque gracias a mi trabajo en el periódico pude mantenerme y  ser independiente y también tuve tiempo libre para estudiar literatura, escribir poesía y mi primera novela: “La paga de un soldado”, que por cierto trata de la vuelta casa de un piloto herido en la Gran Guerra, para que luego diga que no he escrito sobre mis experiencias bélicas. Sin embargo, lo mejor que me ocurrió aquí en Nueva Orleans fue conocer a Sherwood Anderson y que él me honrara con su amistad. En mi vida he conocido a una persona más generosa y desinteresada que Sherwood.  Tenga en cuenta que, cuando me lo presentaron, él era ya un escritor famoso y, por supuesto, la “prima donna” de la editorial “Liberight”. Para mí que no tenía ninguna necesidad de molestarse en ayudar a un principiante como yo, pero Sherwood leyó mi novela y, como le gustó y vio en mí posibilidades para triunfar, aconsejó a sus propios editores que me la publicaran. Jamás lo olvidaré y creo que nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Por eso me gusta tanto esta ciudad, porque me recuerda a Sherwood Anderson, uno de los mejores escritores de la literatura americana y una gran persona.  
--A Hemingway también le ayudó…
--Sherwood estaba muy dolido con Hemingway. Muy, muy, dolido. Se lo aseguro. Él nunca comprendió cómo, después de abrirle los caminos que le abrió, pudo insultarle en aquella…, ¿cómo se titula esa jodida novela?
--¡”Torrentes de primavera”!
--Eso es, muchas gracias,  “Torrentes de primavera”. Por cierto, hay que escarbar mucho en las cloacas de la literatura para encontrar una cosa peor escrita. No entiendo cómo Hemingway pudo mostrarse tan desagradecido con el buenazo de Sherwood. No lo llegaré a entender jamás.
--Dejemos a Hemingway y conteste a esta pregunta: entre todas sus novelas, señor Faulkner, ¿cuál de ellas salvaría de un incendio?
--Ya estamos con lo del jodido incendio, maldita sea, pero qué incendio ni qué niño muerto. Todas mis novelas son hijas mías y no me pregunte cuál es mi preferida porque no tengo ninguna. A decir verdad las odio a todas por igual.
--Casi todos los críticos eligen “¡Absalón, Absalón!” como la mejor de toda su obra. ¿Podría estar de acuerdo con esta elección?
--Otros críticos, sin embargo, han dicho que la más brillante es “Mientras agonizo”, como, por ejemplo, Harold Bloom y su maldito canon. Por cierto, no estoy nada de acuerdo con la lista que  establece en su libro. De cualquier forma a mí me da exactamente igual lo que pueda decir Harold Bloom y todos los críticos de este mundo y del otro, que es ahora donde yo vivo y de donde vengo.  Personalmente, una crítica me parecerá buena siempre y cuando esté bien escrita. Los novelistas y los críticos tenemos la misma obligación con nuestro lectores y con la literatura: convertir la escritura en una obra de arte. En esta cuestión, amigo mío, estoy completamente de acuerdo con Oscar Wilde. Y ahora, si no le importa, vayamos al Barrio Francés a escuchar jazz toda la noche y a bebernos una botella de bourbon. ¿Ha entrado alguna vez en "La gata negra"
--Creo que no, pero si usted quiere entraré esta noche. Faltaría más.

           --Le advierto que no me he traído dinero.
           --Ya contaba con eso.
           --No sabe cómo me alegro.


12 de diciembre de 2015

JACK KEROUAC



No sé muy bien por qué, pero a mí estos tipos de la Generación Beat me caen bien, no precisamente por beberse hasta el agua de los pantanos y meterse una farmacia en las venas, sino por su voluntad firmemente creadora. Han sido capaces de convertir el plomo de su drogadicción y alcoholismo en el oro alquímico de su producción literaria.  El que más me gusta de todos es Jack Kerouac, sin duda el mejor escritor de esta generación, y para estar casi siempre borracho, sus libros son de una lucidez aterradora. Maldita sea, este tío tiene una fuerza narrativa increíble cuando se pone delante de una máquina de escribir. Truman Capote le llamó mecanógrafo, pero fue al darse cuenta de que él ya no era el niño bonito de los lectores americanos. Cuando en las librerías apareció “On the road”, las estrellas literarias del momento comenzaron a temblar y temieron que su luz se viera eclipsada por la potencia lumínica de una nueva supernova llamada Jack Kerouac. Una pena que en casi todas las entrevistas que le hicieron por televisión apareciera con una curda de campeonato. Así se lo dije cuando le entrevisté el otro día en un bar neoyorquino que se lama “Harmony”, situado en la 9th E y la 3ª avenida.
         Kerouac llevaba puesto una camisa de cuadros rojos y blancos, una de esas camisas que se ponen los leñadores para ir al bosque y que él puso de moda entre la juventud durante los años cuarenta y cincuenta. Sin embargo, no todos ellos vestían el mismo tipo de camisa. La mayoría iba con chaqueta, camisa blanca y corbata. Hay muchísimas fotografías que lo atestiguan. William Burroughs, por ejemplo, nunca se quitó el traje ni se desprendió jamás de su sombrero. Parecía todo un lord inglés a punto de tomar el té de las cinco, a pesar de que ha llegado a ser uno de los yonquis más famosos de la Historia.
         Eran las siete de la tarde y empezamos con unos martinis. Me dijo que él fue quien inventó el nombre de “Generación Beatnik” que tanto éxito ha tenido. Sin embargo le daba la razón a Ginsberg cuando dijo que la Generación Beatnik no existía, ya que en realidad sólo eran seis escritores: Burroughs, Ginsberg, Corso, Solomon, Farlinghetti y él. Se reía a carcajadas al pensar que esa media docena de colgados formaban nada menos que una generación literaria. Claro que también habría que añadir a escritoras como Diane di Prima y Joyce Johnson. Pero ni con esas llegamos a merecer la categoría de generación. Lo mismo les ocurrió a los anteriores de la Generación Perdida, que eran cinco mal contados. Todo esto viene porque a los a los críticos les gusta inventarse generaciones a todas horas, me decía sin quitarse el cigarrillo de la boca y con una habilidad pasmosa para no dejar caer la ceniza sobre la camisa de leñador. Las generaciones, amigos míos, son un filón para escribir estupideces acerca de los escritores.
Iba ya por el tercer martini cuando me confesó que él había muerto por el exceso de bebida y que estar muerto era mucho mejor que estar vivo, ya que a la mañana siguiente no se padecen resacas ni se necesita dinero para beber ni te entra una cirrosis de caballo como la que me llevó al Otro Mundo. Por eso le digo, amigo mío, que la muerte es lo mejor que se ha inventado desde que el mundo es mundo. Además de la perspectiva que se divisa desde las alturas.
         Le pregunté por lo que quería decir con eso de la perspectiva y me contestó que todas las circunstancias adversas que le habían tocado en la vida fueron las que en realidad hicieron de él un escritor de éxito. Me dijo que a veces la rabia toma el papel de acicate y te espolea hacia la expresión artística de lo que te quema por dentro. No sé que habría sido de mi si el borracho de mi padre no nos hubiera abandonado. En ese caso tal vez no habría emprendido esa huida hacia delante, esa búsqueda del padre como la de Telémaco en la “Odisea”, y por supuesto que no habría podido escribir “On the road”, la novela que me dio a ganar tanto dinero y me catapultó a la fama. Le confieso que su argumento no es otra cosa que ese salir al camino por ver de encontrar al padre desaparecido. Naturalmente, no lo encontré, pero sí descubrí la gran amistad del loco de Neal Cassady, una personalidad luminosa y llena de energía, es decir, lo mejor que me pudo suceder para paliar la ausencia de la figura paterna. Se lo juro, todo un fenómeno de la naturaleza mi buen amigo Neal. Claro que sin él tampoco habría podido escribir “On the road”.
Lo peor de Neal es que al final se metió a literato. Quiso pasar a la historia como escritor, pero el problema fue que no era escritor. Para mí que algún negro le arregló la pblicación de novela. Una novela infumable y siento decir que, por desgracia, un insulto a la literatura. Se titula “El primer tercio” y, si mal no recuerdo, en España la publicó Anagrama. El problema es que el muy estúpido se puso a escribir como un notario y le aseguro que Neal no era ningún notario. El lector enseguida se da cuenta de que el autor trata por todos los medios de escribir pomposo, abandonando la frescura y espontaneidad que los demás practicábamos. Por ese motivo a Neal le salió un estilo solemne y barroco, a mil millas del que los demás practicábamos por entonces. Maldita sea, si parece que quiere redactar la declaración de derechos humanos. En cambio Allen sí que es bueno. ¿Ha leído su “Aullido”? Hasta tuvo que soportar un juicio por obscenidad, saliendo absuelto. Para mí Allen es el mejor poeta americano del siglo XX.
         En el bar no paraba de entrar gente. La mayoría de los clientes no se fijaron en nosotros. Muy pocos conocían a Kerouac. Tan sólo se fijaron en que había un señor de unos cuarenta años con pinta de jugador de rugby, que bebía un martini detrás de otro sin apenas inmutarse y moviéndose como un oso enjaulado. Me contó entonces la entrevista que completamente borracho mantuvo con Fernanda Pivano. Incluso me dijo que hasta le tiró los tejos y la pobre señora tuvo que salir corriendo con el magnetófono entre los brazos.
Nos fuimos enseguida del Harmony. No permitían fumar y Kerouac es de los que encienden un pitillo con la colilla del anterior. Les recomiendo que vean un vídeo colgado en internet en el que salen varios miembros de esta generación literaria a la puerta del bar Harmony. Todos fumando como curachas. Se puede ver a Lucien Carr  y a Francesca, su mujer, con sus tres hijos; también están Allen Ginsberg, el poeta, y Peter Orlowsky, su eterna pareja; la escritora Diane di Prima, autora de “Memorias de una Beatnik”; Jack Kerouac y la poetisa Joyce Johnson, su novia por aquellos años. Confieso que en algún momento he llegado a pensar que los escritores de la “Generación Beat” deben su gloria a los infinitos pitillos que se fumaron, a las cataratas de alcohol que se bebieron y a toda la bioquímica que se metieron en cualquier lugar y de cualquier manera. Sin embargo ahí está su obra, tan fresca como el primer día, ocupando un espacio muy singular en la literatura universal.