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8 de enero de 2017

SIN LILI Y CON DORA MALENGO


6 de enero del 2017

Estaba en Nueva Orleans y me acababa de dejar mi mujer. Se había largado con un trompetista negro que tocaba en uno de esos bares del Barrio Francés. Era rubia natural y se llamaba Lili Benson. No hacía ni tres días que nos habíamos casado y estábamos en plena luna de miel. Debió darse cuenta de que conmigo en la cama no llegaría a ninguna parte. Por lo menos tuvo la deferencia de dejarme la mitad del dinero que encontró en mi cartera. Tampoco me habría importado que se lo hubiera llevado todo, aún me quedaba en el banco lo del único guión que había logrado vender a la Paramount. Pero lo que más me dolió fue que perdí a una tía a punto de romperse de lo buena que estaba. Tan buena que con ella debajo me resultaba imposible demorarme en el trance. La muy zorra me dijo que el mejor remedio para tanta precocidad era fumarse un porro antes de meterse en faena. Le dije que se lo fumara ella y me plantó al instante. Me sentí algo peor que jodido. Esa es la verdad. Lo confieso. Y es que la tía tenía unos ojos grandes y azules como océanos, y era alta como un álamo. Además lucía un cuerpo cálido y confortable, sobre todo por la presencia de un par de brevas dispuestas en un perpetuo mirar hacia el techo del mundo.
Salí con ella tres semanas sin que me dejara disfrutar de uno solo de sus encantos. Me dijo que era una chica chapada a la antigua y que antes había que pasar por el juzgado y sacar la licencia. Me tenía tan ciego que le propuse una ceremonia en Las Vegas y quince días de luna de miel en Nueva Orleans. Aceptó sin pestañear y al principio todo fueron promesas de amor eterno. Hasta que llegó la noche de bodas, claro, y ahí se acabó lo que se daba. Sobre todo me molestó que al negro lo eximiera de cualquier ceremonia previa y lo dejara meterse directamente en la cama, sin licencia matrimonial ni nada de nada. Solo con la trompeta. Después llegarían las comparaciones, el cachondeo y todo lo demás. Para mí fue como si las tribus del mundo se fijaran en mí de repente y empezaran a reírse por el espectáculo ofrecido. Demasiado humillante para mi vanidad.
         Milagrosamente, al día siguiente de la fuga, me encontré a Dora Malengo en la recepción del hotel. Después de tantos años sin vernos el efecto fue demoledor para ambos. Había cambiado de peinado, pero en lo demás se mantenía igual de solemne que siempre. En realidad era tan atractiva como Lili Benson, pero en otro estilo. Quiero decir que Dora era de piel morena, tenía el pelo y los ojos negros y uno de esos culos altos y firmes que mueven las brasileñas al bailar la samba. No tenía nada que envidiar al de Lili. Hubo un tiempo en que Dora y yo formábamos una pareja casi perfecta en todos los sentidos, pero la vida quiso separarnos y para mí que ninguno de los dos fuimos felices cada uno por su lado. Ella ha tenido un montón de hombres y yo un sinfín de matrimonios. Dora me dijo que huía de un tipo que resultó ser un mafioso de Las Vegas. Un tío mentiroso que le había prometido un papel en una película de Hollywood. Me contó que huyó de él cuando se enteró de que lo había detenido la policía. Se puso tan contenta cuando me vio en el hotel que a los diez minutos ya estábamos metidos en la cama recordando viejos tiempos. Aquello sí que era vida. Ninguna mujer del mundo es como Dora Malengo entre sábanas. Con ella siempre me siento como si perteneciera a la liga de los hombres inmortales. Me refiero a que mi honor quedó plenamente reivindicado. Cuando le dije que había conseguido vender un guión a la Paramount no se lo podía creer. Después me porté lo mismo que el mafioso, es decir, le dije que movería ciertos hilos para que le dieran un papel, aunque fuera un papel sin importancia. Le auguré que ella iría subiendo en el escalafón por sus propios méritos.
         Nos fuimos a San Pedro. Mi casa estaba metida casi en la playa, al lado de la casa de Hank y Linda. Dora estaba como loca de contenta. No es que fuera una de esas mansiones a las que ella estaba acostumbrada, pero le pareció tan acogedora que me dijo que era la casa de sus sueños. Por supuesto que no se emocionó cuando entró en la cocina, se puso realmente lívida, pero se tranquilizó cuando le informé de que una señora y su hija se encargaban de toda esa vaina de la limpieza. La cara de Dora volvió a recuperar su color natural. El caso fue que del dormitorio no salimos en varias horas. Lo dejamos cuando Linda llamó a la puerta y tuve que bajar a ver qué demonios quería. Venía con el fin de invitarnos a una cena en su casa. Me dijo que era costumbre ofrecérsela a los recién casados. Así que nos duchamos y nos vestimos para ir de visita a casa de los vecinos. Vaya cara que se les puso cuando vieron que la mujer que me acompañaba no era Lili. Ellos esperaban a la rubia de veinte años que conocían y se encontraron con una morena que ya había cumplido los treinta. Al principio, cuando nos vieron llegar desde la ventana, pensaron que Lili se había teñido el pelo. Sin embargo, no preguntaron nada y cuando les presenté a Dora reaccionaron como si la conocieran de toda la vida. Claro que en cuanto Hank abrió la primera botella de vino y echamos un par de tragos, les puse al corriente de lo que había pasado con Lili. No pararon de reírse durante un buen rato. Sobre todo Hank. Menos mal que Linda me ayudó acusándole de lo mismo cuando no había bebido lo suficiente. Nos aseguró que Hank bebía no porque fuera un alcohólico, como todo el mundo pensaba, sino para retrasar el desenlace hasta que ella diera por terminado el cónclave. También nos dijo que cuando Hank estaba borracho de verdad tardaba tanto en terminar que le resultaba bastante molesto y pesado hacerlo con él. Pero Hank no paraba de reírse y lo que quería era hablar de la trompeta del negro. Ni que decir tiene que Hank y yo terminamos bastante bebidos. Sobre todo él, claro, que bebía al estilo cosaco, como si le faltara algo y la vida se le escapara por algún descosido del alma. Sin embargo, a la mañana siguiente, el muy cabronazo se levantaba como si tal cosa y se ponía a escribir con esa lucidez que sólo se gastan los genios.
Hank y Linda eran dos personas encantadoras. A Hank lo conocían en todo el mundo. Era un escritor famoso y su casa siempre estaba llena de periodistas, biógrafos y actores de cine con una tendencia algo más que notable a la priva. Si Hank ya pasaba de los sesenta, Linda acaba de cumplir los cuarenta y cinco, cuatro años y unos meses más que yo. Pero además de una gran persona, Linda era realmente mona, una mujer interesante, así como Hank era feo como un demonio, pero tan buena gente como ella. Hank tenía la cara horadada por unos cráteres de cierta importancia, como picada de viruelas. Las señales le venían de su época de adolescente. Me contó que había sufrido un acné terriblemente asqueroso, con unos granos enormes y purulentos. Incluso llegaron a causarle un rechazo social de lo más cruel. Al parecer un tratamiento acertó a quitarle toda esa mierda y con el paso del tiempo sólo le quedaron las cicatrices. Hank, para colmo de males, no tenía cuello y su cara era como la de un mono. Más feo no podía ser. Sin embargo, Linda lo quería como si fuera el príncipe del cuento de la Bella Durmiente. Pero, aun así de feo, Hank era todo un Casanova entre las señoras de la vecindad. Si bien exageraban lo suyo, las malas lenguas decían que se tiraba todo lo que se movía y que donde ponía el ojo ponía la bala. Demasiado bonito para ser cierto.  
Tampoco a Dora le gustó a primera vista. Al principio le repelía un poco, todo hay que decirlo, pero luego se acostumbró a él y le tomó mucho cariño. En cambio a mi Hank me pareció desde el principio un tipo de lo más normal. Eso sí, más feo que Picio, pero con un alma llena de sensibilidad y con un gran amor por la vida. Éramos vecinos desde hacía casi dos años y cuando llegué ya sabía quién era por las fotografías de las solapas de sus libros. Tambien ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ años y cuando llegue y de antes yaes mro que por la mañana estaba como una rosa y se ponormir con un ojo abierto.ja vén había leído su biografía. Dora sin embargo no había leído nada de él y esa misma noche, al volver a casa, le dejé un libro de relatos suyos. Se puso tan acelerada que me tuvo despierto hasta el alba. Tanto que empecé a tener celos de Hank. Me dije que tendría que vigilar sus maniobras de acercamiento y estar atento a cualquier gesto sospechoso de seducción. El muy ladino se las sabía todas y Dora era un pastel demasiado apetitoso para dejar tranquila su voracidad depredadora. Tuve que aprender a dormir con un ojo abierto. Cuando hay mujeres en escena no suelo fiarme de la gente en general y mucho menos de los amigos en particular. Me dije que lo mejor sería cambiarse de casa. Una casa más en medio de la nada, es decir, sin negros trompeteros y otras aves rapaces al acecho. Tal vez en cualquier oasis del desierto de Gobi. Como muy cerca.








30 de diciembre de 2016

GEORGES SIMENON


Madrid, 29 de diciembre 2016

No hay mayor placer que terminar el año con una novela de Simenon en una mano y una copa de champán en la otra. Hubo un tiempo en que Simenon estuvo de moda, pero ahora lleva unos años desaparecido en favor de los suecos. Claro que las suecas son otra cosa y a ver quién se resiste a sus encantos rubios, y para mí que los escritores suecos se han colado a rebufo de aquellas vikingas doradas que nos trajo Fraga Iribarne, digo yo que para compensarnos de las bombas atómicas de Palomares y los ministros rezadores del Opus. Sin embargo, Simenon sigue siendo, después de Proust, el mejor escritor de Francia. Desde luego tiene una prosa limpia, ligera, sin escollos, como una pradera inglesa, es decir, sin apenas adjetivos y para leerse de corrido. Simenon escribía tal como decía Ezra Pound que había que escribir. Al menos eso fue lo que trató de enseñar a Hemingway sin que al pollo le aprovechara demasiado.
         Se lo dije a Simenon, que era belga, una vez que me lo encontré en París, sentado a un velador del “Café de Flore”. Me gustaría escribir tan limpio como usted, le solté a bocajarro, mientras robaba el segundo cruasán de una caja de metacrilato. También me gustaría ligar de la misma manera. Porque la vida de usted, monsieur Simenon, transcurre entre la cama y la máquina de escribir. Y eso que tampoco es usted un modelo de belleza masculina. No entiendo cómo las mujeres caían rendidas a sus pies en tales cantidades. Porque de aspecto siempre me pareció un hombre corriente. Tan corriente, por ejemplo, como un veterinario. Me pregunto cómo pudo ligar tanto y tan selecto. Tal vez sería por la cachimba, ese apéndice de carácter fálico que nació y murió con usted. 
En efecto, joven, como usted puede comprobar, sigo fumando en cachimba, y mi éxito con las muertas permanece intacto. O sea que sigue siendo el mismo que obtuve con las vivas. Sin embargo, no estoy bien visto por aquellos lares. Entre nosotros, los que mandan allí, usted ya me entiende, no quieren perdonarme que me tirara a la criada cuando mi señora se iba de compras. Y eso que ella lo comprendía y lo aceptaba por la cosa de librarse de mí y que fuera otra la damnificada. Bueno, pues eso no gusta por allí arriba y me lo refriegan por la cara cada vez que conviene. No les gustan las adicciones, ninguna de ellas, y uno era un adicto al sexo. Ya lo creo.
Pues bien, en cuanto a lo de escribir limpio todo es proponérselo y pasar la bayeta a conciencia después de la faena. A la prosa hay que desinfectarla como si fuera una casa, necesita de un buen zafarrancho de vez en cuando, sobre todo cuando la hemos sobrecargado de adjetivos y los verbos no son los acostumbrados. Al final, cuando uno aprende a escribir sencillo, se escribe sin mirar atrás, único modo de sacar adelante las seiscientas novelas que publiqué en vida.
Perdone, Georges, ¿tampoco miraba atrás después de tirarse a cada una de las cinco mil mujeres que se tiró? No crea nada de lo que dicen. Cinco mil son muchas mujeres. Incluso para mí. También son muchas las seiscientas novelas, ya lo sé, pero ahí están, todas de una pulcritud absoluta, casi sin tacha. Por cierto, ¿quiere saber el consejo que una vez me dio Somerset Maugham? Creo que estábamos en Montecarlo, tomando un par de martinis en la terraza del Hotel de París. Me dijo, mira Georges, un escritor debería arrojar a la papelera sus treinta primeras novelas.
 ¿Treinta novelas? Pero yo sólo he escrito diez.
Es igual, tírelas, por favor. Entonces le dije de muy mal humor, casi pierdo el control, que preferiría mil veces deshacerme de diez mujeres. Claro que por ese lado, si uno es exhaustivo, tampoco es que me salgan las cuentas. A decir verdad, si uno empezara a tirar cosas antes de tiempo, se quedaría vacío para siempre.
Apuesto, monsieur Simenon, que usted jamás tiró nada al contenedor de la basura, ni una novela ni tampoco una mujer. Por supuesto que no las tiré. Cuando conocí a Maugham ya llevaba escritas y publicadas más de cincuenta obras. En cuanto a las mujeres no sabría decirle hasta dónde llega la cuenta, pero nunca abandoné a ninguna de manera arbitraria. Siempre hubo una razón. 
         Después de aquella conferencia no he vuelto a ser el mismo. Por supuesto que Simenon sabía lo que decía y el consejo de Maugham habría sido oportuno de saberlo a los treinta años, ¿pero quién es el guapo que se atreve, después de tanto trabajo, a tirar por la borda la cosecha de más de dos décadas de escritura casi compulsiva?
         A Simenon volví a encontrarlo en el “Circle Bar, un bar de Nueva Orleans. Por aquella época había alquilado un apartamento durante tres meses para terminar mi última novela. Una novela que aún no ha sido publicada. Aquella noche cantaba Nina Simone en ese bar y andaba Simenon al acecho por si a la negra se le descosían los encajes y así entrarle sin miedo y por derecho. Pero la cosa no fue de su gusto por culpa de algunos imprevistos. Uno de esos imprevistos, tal vez el principal, fue que la cantante llevara de guardaespaldas a un gorila de Tulsa, Oklahoma, uno de esos tíos con el pelo teñido de rubio platino y con dos manos como sartenes de acero inoxidable.  
         O sea que simplemente nos dedicamos, Simenon y un servidor, a beber bourbon con hielo y a extasiarnos con los blues que ella cantaba. Sobre todo nos gustó mucho esa canción maravillosa que se llama “Lover man”. Después discutimos acerca de quién la cantaba mejor, si ella, la Simone, o la gran Billie Holiday. Personalmente me decanté por el desgarro y la sensibilidad de la segunda, Billie Holiday, que siempre me pareció, lo mismo que a la mayoría de los que saben, la reina del baile. Sin embargo, Simenon prefería la fuerza y la magia de Nina Simone. Decía algo así como que Billie Holiday daba la impresión de que se iba a poner a llorar en cualquier momento. Nina, en cambio, aseguraba él, nunca se deja vencer y transmite una energía especial, revitalizante, llenándote el alma de buenos presagios. Después hablamos de las demás y, en definitiva, ambos coincidimos en que nadie como las negras para cantar blues y otras coplas en ese estilo.
Sin embargo, mi última canción del año, la última que voy a escuchar, será “Return to me”, de lo más romántica, se lo juro, sobre todo si la canta Chris Isaak. Se lo dije el otro día a Dora Malengo, que por fin ha dado señales de vida, vía mensaje navideño, desde el Hotel Gritti de Venecia. Así es, mi querida Dora, te aseguro que sólo me siento un gran pensador cuando pienso en ti. Pues eso, que yo también deseo, mi amor, que tengas un año sin demasiados sobresaltos, tampoco que sea plano y aburrido, una cosa equilibrada, como para no morirse de pena y disfrutar de vez en cuando. Qué más se puede pedir.
          





13 de noviembre de 2016

OVIDIO
Diario

Marbella, 12 de noviembre

Un día soleado. Trabajo toda la mañana. A la una y media doy un paseo hasta el faro, como en la novela de Virginia Woolf. Compro el periódico por ver si trae alguna otra foto de Melania Trump. Por fin la Casa Blanca, después de casi tres siglos, se ilumina con la belleza de la mujer.  ¿Una “femme fatale” de la política? Daría cualquier cosa porque así fuera.
Almuerzo con los Dalton en el “Hogar del Pescador”. Hablamos acerca de la película de anoche en televisión: “Eyes Wade Shut”, de Stanley Kubrick. Ellos también la vieron. Como no está Dora Malengo, qué más quisiera yo, me decido por preguntar a Liza Dalton lo mismo que pregunta aquel playboy del baile, Sky du Mont, a Nicole Kidman: ¿Has leído, del poeta latino Ovidio, “El arte de amar”? Pienso que con una pregunta así se podría conquistar a todo un firmamento de mujeres. Pero me equivoco. Liza Dalton ni lo ha leído ni le interesan los poetas latinos ni sabe de qué va la vaina. Claro que tampoco Paul, su marido, consigue apelar a su erudición. Hace tiempo que he llegado a la conclusión de que todos los maridos se parecen. Igual que los chinos.
Sin embargo pongo sobre la mesa el mensaje de la película de Kubrick. Si bien primero trato de defender la importancia del autor de la historia, Arthur Schnitzler, un novelista austríaco. Su obra se titula “Relato soñado”, y en ella se inspira Kubrick para rodar la película. Pero reconozco que me gusta más la versión del cineasta, mucho más inteligente, aunque no tenga en su haber la imaginación creativa. La originalidad.
¿De qué estamos hablando? Obviamente del sexo en su versión más tentadora, es decir, del sexo furtivo, adulterino, aventurero y, por supuesto, peligroso hasta límites insospechados. Como en el caso del personaje masculino, hay que tener suerte para salir ileso de caer en tentación. También ella es compensada y tentada en sueños. Y es que el placer aumenta con la prohibición y el peligro. De ahí su atractivo.
Duermo la siesta hasta las seis de la tarde. Vuelvo al trabajo. A las diez suena el teléfono. Es mi amigo José Antonio de Guzmán. Me invita a cenar en “Los Bandidos”, un restaurante de Puerto Banús. Acepto encantado. Pero no me advierte que viene con dos mujeres colgadas del brazo. Una se llama Lili y la otra Fini. A mí me presenta como Roberto de Montesquiou. Tengo que hacer un esfuerzo titánico para aguantar la risa. Lili es una rubia de peluquería de barrio, el pelo corto y ralo y las orejas de soplillo. Lleva un vestido rosa que le deja los brazos al descubierto, pero me parecen tan delgados y fibrosos como los de una reina. Yo los prefiero algo más reborondos y descolgados. En cambio Fini es morena, de más encarnadura, y si no tuviera los ojos tan separados y la nariz tan chata se la podría considerársela como una mujer guapa. Pero no lo es. Fini es el amor momentáneo y circunstancial de José Antonio.
Nunca me lo perdonaré, pero caigo en la tentación de probar con Lili la eficacia de la frase . Me refiero a la frase de Sky du Mont a Nicole Kidman.
--¿Has leído, del poeta latino Ovidio, “El arte de amar”?
--José Antonio, a ver si resulta que tu amigo es un pervertido.
--Roberto, ¿qué les ha dicho?
--Sólo le he preguntado si ha leído el “Ars amandi”.
--Lo siento mucho, pero tenéis que perdonar a mi amigo, no en vano es de origen francés y ya se sabe cómo son los franceses.
--Pues la verdad es que para ser francés no tiene mucho acento –dice Fini, tratando de arrugar una nariz que casi no tiene.
O sea que me obligan a pedir perdón por no tener acento francés y, sobre todo, por lo de Ovidio y su arte amatoria. Así que José Antonio cambia el rumbo y nos habla de la elección de Donald Trump. Excepto yo, todos se sienten indignados, como si los americanos hubieran bailado sobre las tumbas de sus muertos. A poco me expulsan del cónclave cuando les digo que los excesos de Trump, si es que llegara a cometerlos, me servirían de entretenimiento. La vida es demasiado aburrida para despreciar a un personaje de tan alto voltaje.
--Ni gato ni perro de aquella color, como decía Quevedo --interviene José Antonio, siempre tan erudito y oportuno en cualquier materia que se discuta.
Creo que no se esfuerzan por comprenderme. ¿Pero qué importancia tiene que la política americana se precipite ahora en el “fauvismo”? En todo caso, siempre nos quedaría Melania.  ¿Habrá leído esta chica, del poeta latino Ovidio, “El arte de amar”? Me gustaría preguntárselo algún día. Lo que no sé es si ella concedería tal honor a un tipo que ni siquiera ha llegado a presidente de una comunidad de vecinos. Y es que los lectores de Ovidio nunca tuvimos demasiada suerte con las mujeres.