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9 de marzo de 2016

EN NUEVA ORLEANS CON WILLIAM FAULKNER



Es el primer muerto que se me aparece vestido de granjero. Se presentó en el hotel donde me hospedaba en Nueva Orleans, el Hotel Roosevelt, y me dijo que él habría preferido que la entrevista se efectuase en Oxford, Mississippi, que es la ciudad donde él residió de vivo y donde ahora reside de muerto.
El caso es que cuando le dije que si él se consideraba un miembro de la "Generación Perdida", de haber tenido un rifle me habría disparado como a cualquier oso pardo de los que salen en sus magníficos relatos. Desde mi punto de vista, William Faulkner, miembro o no de esa maldita generación, es uno de los grandes escritores de la literatura mundial. 
--No se enfade señor Faulkner, pero en todos los libros de literatura usted aparece como perteneciente a la "Generación Perdida", junto a Hemingway, Steimbeck, Dos Passos y Fitzgerald. 
--Que yo sepa aquí no se ha perdido nada ni nadie y menos una generación. ¿Pero cómo es posible tanta imbecilidad? De cualquier manera yo no pertenezco a ningún círculo, grupo, mesa redonda o generación que algún descerebrado quiera formar y de paso sienta la tentación de incluirme. Tengo mis influencias, como todos los escritores, pero de eso a pertenecer a un rebaño de la clase que sea no va conmigo ni con mi carácter. ¿Qué tengo yo que ver por ejemplo con ese fanfarrón de Hemingway? Nada de nada. ¿Y con Scott Fitzgerald? Tan sólo que su mujer era sureña, de Alabama, según creo, pero esa circunstancia no me une a él ni a ninguno como él. Con eso no quiero decir que Fitzgerald sea un mal escritor, nada de eso. A mí me parece magnífico, mucho mejor que el otro, que Hemingway, pero su mundo nada tiene que ver con el mío. Los personajes de Fitzgerald son gente refinada, muy del norte, millonarios y habitantes de ciudades con teatros, restaurantes, hoteles y bebedores de cócteles a media tarde. Los míos son granjeros en su mayoría. Por eso mismo vengo a verle vestido de lo que soy: un granjero en toda la extensión de la palabra, incluso es probable que huela a vaca o a estiércol o algo parecido.
--No sé si lo sabe, pero cuando al recoger el Premio Nobel, dijo usted que sólo era un granjero, Truman Capote irónicamente comentó que estaba totalmente de acuerdo con usted.
--Ese mariconazo estridente siempre fue más peligroso como amigo que como enemigo. Y si estuviera aquí delante le diría que soy granjero y a mucha honra. A él más le hubiera valido escribir algo decente después de “A sangre fría”, una novela extraordinaria, casi perfecta, todo hay que decirlo.
--A usted se le acusa de que sus novelas huelan demasiado a granja, es decir, a estiércol de vaca o de mulo, a granero y a heno, a ladrones de caballos y a vendedores de máquinas de coser. ¿No le parece?
--Claro que mis novelas y la mayoría de mis relatos huelen a sudor de caballo y a todo lo que usted dice. Precisamente ese es mi universo particular. Yo escribo acerca del alma de mi tierra, el estado de Mississippi, concretado en el condado de ficción que he llamado Condado de Yoknapatawpha, donde viven los personajes propios de mi tierra, con sus virtudes y sus vicios, con sus heroísmos y sus cobardías. En fin, joder, pues lo que se llama una ficción basada en la realidad que uno ha conocido. ¿De qué quiere usted que hubiera escrito?
--Usted fue piloto en la Gran Guerra. ¿podía haber escrito sobre la guerra o el mundo de la aviación?
--Joder, también escribí alguna cosa sobre aviones. ¿Acaso no ha leído, por ejemplo, un relato titulado “El tío Willy” y aquel otro que titulé “El tirón de la muerte”, sin hablar ya de un par de novelas como “La escapada” y “Pilón”. En ambas aparecen aviones, maldita sea. ¿Pero qué clase de lector mío es usted?
--Bueno, señor Faulkner, por unas cuantas avionetas desperdigadas por cuatro obras, ¿no se creerá usted un especialista en el tema, tal como lo fue Antoine de Saint-Exupery?
--A mí ese francés de siempre me ha caído un poco cargante con toda esa vaina de “El Principito”. Si quiere que le sea sincero, en mi vida he leído una historia tan cursi como esa, me cago en la puta más antigua de la gloriosa tierra de Mississippi. ¿Cómo es posible que ese cagajón de caballo sea uno de los libros más vendidos de la historia de la literatura? En cambio, todo hay que decirlo, sus novelas de aviones no están nada mal. Se lo digo yo. Es curioso que nadie quiera leerlas. Pero lo de “El Principito” es sin duda de juzgado de guardia.
--De los escritores que le he nombrado de la inexistente “Generación Perdida”, ¿cuál es que más le gusta?
--Menos Hemingway me gustan los otros tres, sobre todo Fitzgerald, es el más literario de todos. Ese chico tiene un don natural para escribir sin esfuerzo. De todas sus novelas la que más me interesó cuando la leí, y así se lo dije a él, fue “Hermosos y malditos”, que es precisamente la que menos le gusta a los críticos. Sin embargo, desde mi punto de vista, es la más sincera y vitalista de todas.
--¿Llegó a conocer a Fitzgerald?
--Lo conocí en Hollywood. Los dos éramos guionistas y teníamos nuestros despachos casi contiguos. Sin embargo, él no tuvo ningún éxito en ese oficio. Me parece que no consiguió meter su nombre en ninguna producción. No es que mi éxito fuera exagerado, pero al menos se rodaron algunas películas con mi apellido en la lista de créditos. Recuerdo que adapté para el cine una novela de Hemingway: “Tener y no tener”. Fue maravilloso entrar a saco en esa porquería de texto. No sé si la habrá leido usted, pero en ese texto. No sway: "n algunas pela mi vida. ¿De qurradienyes de los hisamente mi universoece que ído usted, pero le juro que esa novela no tiene ni pies ni cabeza. Es lo más absurdo que se haya escrito jamás. Desde luego el guión que me salió nada tiene que ver con la historia original. Creo que llegué a efectuar un buen trabajo, lo mismo que el director de la película, Howard Hawks, que me felicitó por haber conseguido poner orden y coherencia en un argumento que no había por donde cogerlo. Por cierto, Hemingway se agarró un rebote de padre y muy señor mío. El muy cabrón me escribió prometiendo que me propinaría, si tenía cojones de subirme a un ring con él, una paliza en plan Rocky Marciano. Menos mal que no se me ocurrió aceptar la pelea. Ese animal, dada la diferencia de peso y altura, me habría matado a golpes sin ni siquiera despeinarse.
--Para su consuelo, señor Faulkner, le contaré que ya hubo un escritor que aceptó cruzar los guantes con l ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽s guantes con itor que aceptporque me recuerda a Sherwood Anderson, uno de los mejores escritores de la literatura ameél, pero en esa ocasión fue Hemingway quien recibió la paliza.
--¿Quién es ese héroe, si puede saberse?
--Morley Callaghan, un tipo que fue compañero de Hemingway en el “Toronto Star”. Tendrá escritas algo así como una decena de novelas y también algunos cuentos.
--Pues a ese tío habría que levantarle un monumento. Darse el placer de noquear a Hemingway debe ser el acto más placentero que se haya inventado sobre la faz de la tierra. Mucho mejor que el sexo. Y, dígame, hablando de sexo, ¿por qué me ha citado en Nueva Orleans? Otro cualquiera habría quedado conmigo en uno de los miles de bares de Oxford City.
--Le he citado en Nueva Orleans porque aquí fue usted periodista y también escribió su primera novela. ¿No es así?
--Veo que está usted correctamente informado. Pues sí, en esta ciudad lo he pasado muy bien y tengo un gran recuerdo de ella; entre otras cosas porque gracias a mi trabajo en el periódico pude mantenerme y  ser independiente y también tuve tiempo libre para estudiar literatura, escribir poesía y mi primera novela: “La paga de un soldado”, que por cierto trata de la vuelta casa de un piloto herido en la Gran Guerra, para que luego diga que no he escrito sobre mis experiencias bélicas. Sin embargo, lo mejor que me ocurrió aquí en Nueva Orleans fue conocer a Sherwood Anderson y que él me honrara con su amistad. En mi vida he conocido a una persona más generosa y desinteresada que Sherwood.  Tenga en cuenta que, cuando me lo presentaron, él era ya un escritor famoso y, por supuesto, la “prima donna” de la editorial “Liberight”. Para mí que no tenía ninguna necesidad de molestarse en ayudar a un principiante como yo, pero Sherwood leyó mi novela y, como le gustó y vio en mí posibilidades para triunfar, aconsejó a sus propios editores que me la publicaran. Jamás lo olvidaré y creo que nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Por eso me gusta tanto esta ciudad, porque me recuerda a Sherwood Anderson, uno de los mejores escritores de la literatura americana y una gran persona.  
--A Hemingway también le ayudó…
--Sherwood estaba muy dolido con Hemingway. Muy, muy, dolido. Se lo aseguro. Él nunca comprendió cómo, después de abrirle los caminos que le abrió, pudo insultarle en aquella…, ¿cómo se titula esa jodida novela?
--¡”Torrentes de primavera”!
--Eso es, muchas gracias,  “Torrentes de primavera”. Por cierto, hay que escarbar mucho en las cloacas de la literatura para encontrar una cosa peor escrita. No entiendo cómo Hemingway pudo mostrarse tan desagradecido con el buenazo de Sherwood. No lo llegaré a entender jamás.
--Dejemos a Hemingway y conteste a esta pregunta: entre todas sus novelas, señor Faulkner, ¿cuál de ellas salvaría de un incendio?
--Ya estamos con lo del jodido incendio, maldita sea, pero qué incendio ni qué niño muerto. Todas mis novelas son hijas mías y no me pregunte cuál es mi preferida porque no tengo ninguna. A decir verdad las odio a todas por igual.
--Casi todos los críticos eligen “¡Absalón, Absalón!” como la mejor de toda su obra. ¿Podría estar de acuerdo con esta elección?
--Otros críticos, sin embargo, han dicho que la más brillante es “Mientras agonizo”, como, por ejemplo, Harold Bloom y su maldito canon. Por cierto, no estoy nada de acuerdo con la lista que  establece en su libro. De cualquier forma a mí me da exactamente igual lo que pueda decir Harold Bloom y todos los críticos de este mundo y del otro, que es ahora donde yo vivo y de donde vengo.  Personalmente, una crítica me parecerá buena siempre y cuando esté bien escrita. Los novelistas y los críticos tenemos la misma obligación con nuestro lectores y con la literatura: convertir la escritura en una obra de arte. En esta cuestión, amigo mío, estoy completamente de acuerdo con Oscar Wilde. Y ahora, si no le importa, vayamos al Barrio Francés a escuchar jazz toda la noche y a bebernos una botella de bourbon. ¿Ha entrado alguna vez en "La gata negra"
--Creo que no, pero si usted quiere entraré esta noche. Faltaría más.

           --Le advierto que no me he traído dinero.
           --Ya contaba con eso.
           --No sabe cómo me alegro.


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